viernes, 21 de mayo de 2010

UNA MURALLA BAJO RAÍLES

En 2004, aprovechando la construcción de la línea 1 del Metro de Sevilla y su estación de la Puerta de Jerez, se efectuaron excavaciones arqueológicas en la calle San Fernando que dejaron descubierto los restos de la vieja muralla almohade de Sevilla, cuya ubicación conocíamos pero que hasta ese año no pudo verse al ser destruida a mediados del siglo XIX, a raíz de la Revolución de 1868 y debido a la expansión de la ciudad.

Era de esperar la poca conciencia patrimonial de la época, más preocupada por la urbanización de una ciudad en crecimiento que por la conservación de un elemento patrimonial tan característico. Si bien en cierto que esta parte de la muralla era la más joven de todo el conjunto defensivo de la ciudad (tan sólo un siglo de vida), hoy día resultaría mucho más difícil llevar a cabo una empresa de semejantes características.

La primitiva muralla estaba flanqueada por 6 torres y poseía un foso defensivo; el arroyo Tagarete corría en paralelo hasta su desembocadura en el Guadalquivir. El origen de estas construcciones defensivas se remonta a la primera mitad del siglo XII y principios del XIII, formando parte del conjunto amurallado de la ciudad, del cual se conserva hoy día en algunas zonas como la Macarena o los Jardines del Valle.

Las excavaciones arqueológicas dieron comienzo el 24 de marzo de 2004, contando con un equipo permanente compuesto fundamentalmente por andaluces.
La muralla tiene una altura conservada de 2,20 metros, mientras que su anchura es de unos 2,4 metros.

También se han descubierto restos de construcciones de los siglos XVII y XVIII adosadas a la muralla, algunas fuera de la Fábrica de Tabacos.

En un principio, las obras del Metro de Sevilla contemplaban dejar la muralla dentro de la Estación de Puerta de Jerez a modo de museo. Esta idea fue del agrado de la mayoría de los sevillanos, ya que nos permitiría integrar un elemento patrimonial dentro de una de las obras de mayor envergadura realizada en la ciudad. La idea planteaba la posibilidad de combinar una obra innovadora como el Metro junto con la Muralla, reflejo de una cultura que vivió en nuestra tierra por más de 8 siglos.

La muralla estuvo al descubierto varios meses mientras se terminaba el proyecto que la integraría definitivamente dentro de la Estación Puerta Jerez, cosa que nunca llegó a suceder. De manera repentina y para sorpresa de todos los sevillanos el Consistorio decidió que el trazado del actual Metro-Centro debería circular por la calle de San Fernando, justo por encima de la muralla, con la salvedad de que ésta no sería conservada como estaba previsto. Se planteó la posibilidad de trasladar los restos de la muralla a otro lugar para que sirviera de museo, dada la importancia de este elemento patrimonial re-descubierto. Nunca se propuso una consulta ciudadana en este sentido ni se sabe en qué momento alguien tomó tan descabellada decisión que apartaría la Muralla definitivamente de nuestro entorno.

La nueva iniciativa dejaba todo más o menos igual: una estación de metro subterránea y una línea de tranvía por la superficie, justo por encima de la muralla almohade, que quedaría enterrada. Después de los esfuerzos tanto de las excavaciones arqueológicas como de los técnicos que estudiaban la integración de esta pieza de museo dentro de la actual estación de metro, se decidió de manera unilateral tapar la muralla y dejarla en el mismo sitio donde se encontró, debajo de toneladas de hormigón.

Hoy día, somos muchos los sevillanos que cada vez que paseamos por la calle de San Fernando o montamos en el Metro-Centro nos acordamos de que una parte de nosotros está enterrada bajo esos raíles y catenarias. La muralla era símbolo de una de las culturas más ricas que habitó Andalucía, y su valor histórico y patrimonial sería incalculable.

Aún así, en pleno siglo XXI, la decisión de acabar en plazo una obra civil primó sobre la de conservar parte de nuestro legado cultural. Dos siglos después de su desaparición, y a la vista de todos los sevillanos, parece que la cosa no ha cambiado mucho y se vuelven a repetir atropellos pasados sobre el mismo elemento patrimonial. Nuevamente las necesidades de expansión de la ciudad entierran una muralla que parece destinada desde su nacimiento a no ser objeto de protección por parte de la administración ni de añoranza por parte de sus vecinos.

Alberto Paredes Martínez

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